Capítulo XXI: El Dilema del Cazador

Posted on 3 febrero, 2010

0


 

– Veo que ya te has despertado. – dice Blade mirando de manera escalofriante a su presa.

Frente a él hay un hombre saliendo de un trance provocado por una fuerte dosis de un narcótico, esta amordazado y atado en una silla en el medio de una oscura habitación cuya única luz proviene de una lámpara tambaleante sobre la cabeza del prisionero.

– ¿Dónde… dónde estoy? – tartamudea la victima del cazador intentado recuperar la conciencia, se siente débil, cansado, esta a la completa merced de Blade que solo lo observa con una mezcla extraña de cautela e indiferencia – ¿mi esposa… mi hija?

– Oh, yo no me preocuparía por ellas… siempre  cuando usted haga lo que le pido – dice el cazador, parece un monstruo con la baja luz y su voz muestra un grado de desprecio y a una persona desalmada. Toma por el rostro a su presa que no le responde y lo obliga a mirarlo – ¿me entiendes, Juan? – pregunta con suma violencia e irritabilidad.

Con desprecio suelta el rostro del hotelero que al oír palabras tan despectivas parecieron darle nuevas fuerzas. Ante la sorpresa de Blade, Juan comienza a tensar las cuerdas al ritmo que busca un hoyo, una brecha suelta en sus ataduras, cualquier recoveco para poder escapar e ir en búsqueda de su familia; ahora nada más le importa, ni el intenso dolor que lastima sus extremidades, ni las ásperas cuerdas que parecen cortar la piel desprotegida, ni mucho menos el hombre que lo observa con una repugnante mezcla de diversión y sadismo.

– Creo que ya se dio cuenta que intentar librarse por su cuenta es inútil ¿o me equivoco? – espeta Blade cuando un agotado Juan deja de forcejear, mira con rabia a su captor.

– ¿Qué demonios quiere de mí? – pregunta el hotelero con la voz rasposa y llena de rencor. Pero en secreto busca de desatar el nudo de las ataduras que se encuentra en el respaldo de la silla que lo aprisiona.

– Ves que todo se hace más fácil cuando cooperas – dice Blade en tono más apacible, casi amigable. El cazador se sienta en una silla desocupada al frente de Juan, él no le quita la vista de encima a su captor – solo quiero saber una cosa, ¿A dónde fueron los dos inquilinos de este hotel que se registraron hace cuatro días?

– ¿Qué? – es lo único que puede decir el hotelero, en parte por la aplastante presión que le producen las cuerdas en el pecho pero mayoritariamente por lo absurdo que le parecen las exigencias del cazador – ¿de quiénes hablas?

– ¡No me vengas con idioteces! – grita de repente Blade perdiendo por completo los estribos, de levanta de golpe de su silla  y encara a Juan, haciendo que al hotelero se le helé la sangre – ¡Hablo de una mujer de veintitantos, cabello castaño; viaja junto a un hombre joven, de cabello negro y alto!, ¡habla si no quieres que pierda la paciencia!

– ¡Esta bien, esta bien! – grita Juan completamente atemorizado – ellos se quedaron solo una noche, no dijeron mucho, era de noche…

Juan se paraliza al ver como el cazador saca un enorme puñal  y lo acerca lentamente a su cuello.

– ¡Les escuche decir adonde iban! – grita suplicante, el cuchillo se detiene de golpe; es la señal para que continúe hablando – ¡el sujeto dijo algo de ir a Francia… a no sé, déjeme ir por favor!… no quiero morir.

– Y no lo harás, al meno no hoy – dice el cazador sacando de su bolsillo una jeringa, guarda su cuchillo y con un movimiento, que Juan no hubiera podido esquivar ni aunque estuviera desatado, Blade introduce la aguja en el cuello del hotelero y le inyecta un liquido transparente en el torrente sanguíneo.

– ¿Qué… qué me has hecho? – pregunta Juan con la respiración entrecortada, todo se le vuelve nebuloso. Esta perdiendo de nuevo el conocimiento.

– Yo, no te hice nada – dice Blade guardado su jeringa – solo te di una droga que te hará olvidar todo lo que acaba de pasar, de hecho no recordaras ni siquiera lo que paso este día…

Pero Juan no escucho el resto, es sumió en un sueño tan profundo que tomaran varias horas para que se disipe.

– Buenas noches, Juan – dice el cazador, saca de nuevo su cuchillo.

Corta las cuerdas de un solo golpe, el cuerpo inerte de Juan se deja caer, pero Blade lo atrapa. Camina hacia las sombras, tira de las cortinas y la luz del sol de la mañana baña cada rincón de la habitación.

Están en uno de los cuartos del hotel de Juan, el cazador sin realizar un extraordinario esfuerzo recuesta a el hotelero inconciente el la cama. Se coloca su abrigo, toma su sombrero, que estaba en una mesita cercana y sale del cuarto.

– Dígame, oficial, ¿mi esposo le resulto de ayuda? – pregunta la esposa de Juan sentada en el lobby del hotel, se ve despreocupada por la presencia del cazador, es más, casi se podría decir que se ve encantada por él.

– Más de lo que yo pensé señora, mucho más – dice el cazador caminando hacia la salida, pero mira a la mujer con un toque de reverencia – les agradezco a usted y a su esposo por su hospitalidad… por cierto, él me pidió que le dijera que esta cansado y que se quedara dormido en una de las habitaciones.

– Gracias, pobrecito, desde hace días no ha estado nada bien – dice ella distraída.

– ¿A qué se refiere con “nada bien”? – pregunta el cazador, las palabras de la mujer hicieron que se detuviera.

– Hace cuatro días lo encontré desmayado en el baño – dice la mujer en tono triste – estaba muy pálido… sabe, ahora que recuerdo, la pareja que usted nos menciono que busca se tuvieron que ir apurados, justo después que deje a mi marido en la cama.

– Dijeron algo, ¿hacia donde iban? – pregunta el cazador recuperando la esperanza de encontrar el rastro del vampiro.

– No, la mujer estaba dormida – dice la mujer, pensativa – el hombre, muy caballerosamente debo decir, la cargaba hacia su auto. Yo tuve que encargarme de la resección (estaba poniendo al día el registro, mi marido nunca ha sido muy hecho para esos papeleos), el me pidió que le ayudara a abrir la puerta de la salida y de su auto.

>> Recuerdo que le pregunte por que se iban a tan avanzadas horas de la noche y él me dijo que acababa de recibir una llamada urgente, tenían que adelantar sus planes, dijo algo como que partir a Francia, un lugar llamado ruin, raun…

– Ruan – le interrumpe el cazador, sin dar las gracias se coloca su sombrero y sale corriendo hacia su auto, cómodamente estacionado a pocos metros de la salida.

Pone el motor en marcha el motor y sale a toda velocidad hacia la frontera en Francia.

¿Cómo pudo ser tan ciego?, ¿Cómo no se dio cuenta antes?, ¿Cómo no dedujo antes que Ruan… que la biblioteca demonológica era el objetivo del vampiro?

Es tan obvio ahora, el objetivo del vampiro es…

– ¡Me tengo que dar prisa! – piensa el cazador – pero antes debo hacer una escala en París.

– Blade, hombre, ¿Qué te trae a la ciudad de las luces? – dice un hombre tras el mostrador de un tienda cualquiera en el centro de Paris; han pasado dos días en los cuales el cazador no ha viajado a toda velocidad por Francia.

– La rutina de siempre, necesito equipo para una misión que tengo en el norte – contesta Blade al hombre – ¿Y qué mejor persona para conseguir el equipo que yo tengo en mente que tú, Aramis?

El cazador esta en lo que parece ser una simple tienda de antigüedades, y el vendedor de nombre Aramis es un sujeto que supera los cuarenta años, de clara ascendencia árabe, con una barba corta negra idéntica al color de su cabello corto y grueso; viste una camisa blanca debajo de un sobretodo de cuero negro y para darle el toque de su cultura lleva una cinta roja sangre en la cintura.

Aramis antes de la llegada del cazador estaba puliendo con delicadeza la hoja de una extravagante daga curva, un sable mongol, según la apreciación de Blade.

– ¿Me sorprende de sobremanera que tengas una misión?, tomando en cuenta que no tenia muchas esperanzas de que estuvieras vivo – dice Aramis dejando a un lado del mostrador la daga que acaba de terminar de pulir – no sabes lo rápido que se esparcen las noticias hacia esta humilde tienda, en especial si se trata de la destrucción de la “Hermandad de los Paladines Nocturnos”.

– Si, supongo – dice Blade mirando las exóticas mercancías de antaño, el cazador le dedica una especial atención a un juego de té chino – pero ya me conoces, no me gusta dejar monstruos respirando.

– Si, te conozco, y por que te conozco te debo decir que ya debes parar de hacer este negocio – dice Aramis, el árabe camina rodeando el mostrador y encara a Blade. Coloca la mano en el hombro del cazador y agrega – ya se acabo, ellos ganaron, nada vas a sacar intentando ganar una guerra perdida.

– ¡No, no esta perdida, no si puedo contar con tu ayuda! – exclama el cazador dándose la vuelta y sonando decidido – como en los viejo tiempos.

– No… no puedo – dice Aramis rehusándose a mirar al cazador, por la vergüenza – entiende Blade, soy neutral, si los vampiros se enteran de que ayudo a un “Paladín Nocturno” vendrán y me mataran.

>> Recuerda que hay lugares y personas en este mundo que han decidido no tomar parte en esta guerra entre vampiros y “Paladines Nocturnos”. Y uno de esos lugares es ha donde vas, si, Ruan esta prohibido, en especial la biblioteca, si vas a ese lugar romperás el único acuerdo que evita que la guerra llegue a los humanos.

>> Ese acuerdo fue escrito para que los vampiros no desataran monstruosas masacres y para que los paladines no los cazaran durante el día, ¿quieres eso?, ¿quieres que los vampiros rompan el pacto?, ¿¡Quieres que hayan ríos de sangre todos los días!?

– ¡El pacto ya se ha roto!, ¿acaso no lo entiendes? – grita Blade encarando con rabia a Aramis – ¡ellos fueron los que quebrantaron el acuerdo en el momento que arrojaron los dips contra nuestros cuarteles!

– ¿Dips? – dice Aramis con incredulidad – no pensé que Baphomet llegaría tan lejos, esto es muy grave.

– ¿Eso quiere decir que me ayudaras? – pregunta Blade a la tentativa.

– Lo lamento, no puedo – dice Aramis, el árabe camina hacia la entrada, por un segundo el cazador pensó que le pediría que se fuera, pero en vez de eso cerró la puerta y cambio el letrero de la puerta de cerrado a abierto – pero si te puedo dar tantas armas que mi ayuda seria más bien un estorbo.

– ¿Cómo en los viejos tiempos?

– Como en los viejos tiempos – dice Aramis con una sonrisa bajo su barba, le estrecha manos con el cazador y con su mano libre le da palmadas en la espalda – ahora ven – agrega cuando se separaron – necesitaras muchas cosas si vas solo contra los millones de monstruos raros de la tierra.

– Te tengo una pregunta – dice Blade mientras Aramis lo guía hacia la trastienda – ¿Cómo supiste que iba hacia Ruan?

– Por que te conozco Blade, solo por eso – dice Aramis – sé que si un cazador, en especial un cazador como tú vendría a mí negocio seria por… digamos por “trabajo”, y solo hay dos blancos para los “Paladines Nocturnos” en el continente que los atrajera a París, era una de dos Ruan o el clan del vampiro que reside en esta ciudad ¿pero cual será?, así que adivine.

– Interesante – dice Blade sorprendido de las deducciones del árabe.

– Si, en efecto, a veces es molesto ser tan brillante – dice Aramis mostrándole a Blade la entrada a la trastienda, detrás del mostrador – ahora, ¿Qué te puedo dar para evitar que te maten los vampiros?

El vendedor enciende la luz y una imagen que contrasta por completo con la de una trastienda llega a los ojos de Blade. En una sala no más grande que la tienda de antigüedades esta lleno de filas y filas de estantes repletos de armas modificadas para utilizar municiones de formas extrañas y que seguro tienen propiedades que rayan en lo fantasioso y para hacer como la cereza del pastel hay amuletos y otros objetos que de seguro (por su apariencia nada estética) no son simplemente adornos.

– Veo que cambiaste la decoración – dice Blade a la ligera.

– Te diste cuenta, el nuevo papel tapiz le da más vida a la habitación – dice Aramis – ahora a lo que vinimos, ¿Qué necesitas para que los vampiros no te maten?

– Lo dejare a tu juicio – dice Blade, mirando con cautela los objetos que tienen puntas filosas y se ven extrañas, en pocas palabras casi todo – en mi opinión prefiero lo clásico, pero dame lo que te haga feliz.

– En ese caso – dice Aramis perdiéndose entre el laberinto de escaparates – creo que necesitaras una buena escopeta – agrega tomando una de esas armas de uno de los estantes y se lo arroja al cazador que lo atrapa – también necesitaras municiones, supongo que las clásicas de plata te serán útil… por cierto, ¿Qué es lo que estas cazando?

– Un vampiro que tiene secuestrada a una mujer – dice al cazador mirando uno que otro objeto extraño con el que se topa.

– Interesante, eso no se ve mucho en estos días, por lo general solo se divierten y se van con la barriga llena – dice Aramis sin causarle gracia a Blade – entonces estas nuevas municiones te servirán – agrega luego de lanzarle varias cajas de cartuchos para la escopeta – son ultravioletas, siempre funcionan, aunque no creo que le hagan mucho daño a los más jóvenes, pero si les quitara sus poderes por un par de horas.

>> ¿Qué más?, ¿Qué más?… oh, por supuesto granadas de ajo y esencia de flor silvestre, cruces santificadas, aunque es algo opcional, supongo que te servirá, pero lo que es imprescindible son estos nuevos discos explosivos, te juro que parecen sacados de las historietas de Batman – y cada vez que habla de cada articulo un paquete, caja o empaque del mismo vuela hacia las manos del cazador que se empiezan a abultar hasta que llego a su limite con un paquete de esos discos explosivos.

– Por allá hay una mesa; llevas  dos décadas luchando contra monstruos y aún sigues siendo tan torpe como la primera vez que entraste por esa puerta, no dejas de sorprenderte en este negocio – dice Aramis, se apareció en la esquina de un estante mientras señala cerca de la entrada un escritorio lleno de papeles y documentos que parecen muy antiguos, y por ende muy valiosos.

El cazador coloca con cuidado los objetos con algo de ayuda del árabe, luego ambos vuelven al laberinto de armas y artefactos.

– Creo que me serviría mucho una de estas – dice Blade tomando una gran ballesta adaptada con una mira telescópica – se siente poderosa.

– ¿No que ibas tras vampiros? – pregunta Aramis volviendo a aparecer de entre la selva de anaqueles sosteniendo varios objetos por demás de apariencia extraña – esas ballestas usan esas flechas – agrega apuntando a unas flechas de metal con una gruesa punta rellena de un liquido azul brillante – están especialmente diseñadas para dispararle a las victimas de los licántropos, esa cosa los duerme…

– Lo que nos permite acercarnos para proporcionarles el antídoto antes de que los efectos sean permanentes – dice Blade inspeccionando con fascinación tanto las flechas como la ballesta – al parecer la neutralidad en la guerra no te evita tener muchas armas para matar vampiro y otras cosas.

– Ademas de para mantener mi cuello intacto esto me sirve como un buen negocio, pero eso ya lo sabias – dice Aramis casi orgullosos de sí mismo – los cazadores buscan a mi puerta armas novedosas y los vampiros… bueno ellos se interesan por cosas más antiguas y probablemente más letales.

– ¿Cómo que? – pregunta Blade intentando intimidar al vendedor, pero sin resultados.

– Solo chuchearías sobre teorías que ellos tienen sobre el fin del mundo, están empecinados en decir que ellos estarán envueltos en el Apocalipsis – dice Aramis, es más que claro para el Blade que se esta escapando por las ramas, pero será mejor que lo deje así; molestar a la única persona que le puede ayudar en su cruzada no sería algo inteligente – ¿pero qué?, ¿ya tienes todo lo que necesitaras?

– Casi, ¿Qué cosa es esto? – responde el cazador tomando una fascinante esfera del tamaño de un puño hecha de lo que parece ser diamante y envuelta en laminas de plata en forma de los continentes. Haciendo lo que a simple vista parece un mapa muy costoso.

El cazador toma la esfera y la examina de cerca, se encuentra asombrado tanto de su hermosa y delicada presentación como de una especie de aura que despide el objeto. Al ver al cazador Aramis le quita con rapidez la esfera y con mucho cuidado la vuelve a colocar en donde Blade la tomó.

– Eso si que no, te puedes llevar cualquier cosa de mi arsenal menos esa cosa – dice el árabe señalando la impresionante esfera de diamantes.

– De acuerdo, pero, ¿Qué cosa es? – pregunta Blade, toma otras vez la esfera a pesar de la cara que pone Aramis – francamente no le veo nada especial.

– Es tal tu ignorancia que en otras circunstancias me produciría risa, esta “cosa”, como tú le dices no es otra cosa que “La Estrella del Norte” – dice Aramis – esta cosa es única, invaluable e irremplazable, solo se sabe la existencia de una de esta maravillas.

>> Según cuentan los registros fue uno de los objetos que tentaron a los príncipes de Alejandría. Sus propiedades son leyendarias y, luego de varias investigaciones, pueden incluso ser infinitas.

– Eso suena interesante, ¿Qué hace? – pregunta Blade tomando otra vez la estrella, esta vez se da cuenta que en la base de la esfera hay un grabado en forma de “M” mayúscula con filigranas de plata.

– Bueno… solo he logrado hacer que flote y brille por unos segundos – dice Aramis rascándose la base de nuca – pero, según mis muy extensas investigaciones sé que esta cosita – agrega quitándole de nuevo la esfera al cazador – puede señalar a cualquier lugar en el mundo, además que te puede permitir ver visiones sobre el futuro, el pasado y el presente en cualquier realidad existente.

– Muy interesante – dice tomando de la manos del árabe la esfera en un momento de descuido – será mejor que me la lleve, yo podré averiguar si puede hacer lo que dices o son puras palabrerías.

– Te dije que no – espeta Aramis tomando la estrella y poniendo en la mano del cazador un extraño medallón de oro con el diseño de un ojo en rojo brillante cuya pupila es un hermoso rubí – pero si te puedo dar uno de estos, supongo que estarás familiarizado con el nombre de este objeto.

– Por supuesto – dice Blade sorprendido mientras observa con verdadero detalle el medallón – nunca pensé ver en mí vida un “Visor de Espectros”. Funciona.

– Claro que funciona – dice Aramis indignado, como si el solo hecho de mencionar que él pudiera tener mercancía defectuosa fuera merecedora de la pena capital – si colocas el medallón en el centro de tu alma y apuntas el rubí hacia donde quieres ver el visor te mostrará cualquier rastro de actividad tenebrosa o sobrenatural.

– Asombroso – dice Blade mientras guarda el visor en su bolsillo.

El cazador se da la vuelta, camina ha la mesa cargando la ballestas y un puñado de flechas. Luego de revisar su arsenal con meticulosidad comienza a empacarlo.

– Escúchame Blade, por una ves en tu vida escucha lo que tengo que decir – ruega Aramis desde los estantes, mira fijamente la espalda del cazador mientras guarda su equipo, él no le responde ni dice nada – ¿Qué piensas hacer con tu vida cuando termines con esta misión?, ¿buscaras otro monstruos que matar?, ¿luego qué?

>> No creo que te hayas dado cuenta aun, pero ya no tienes veinte años, pronto tendrás que abandonar todo esto, la guerra ya se acabo para ti.

– No es así, no hasta que lo atrape – refuta Blade mirando tras de su hombro por varios segundos antes de volver a su tarea.

– ¿Después de tanto tiempo sigues pensando en cazar al vampiro que asesino a tus padres? – pregunta Aramis en un punto medio entre preocupación e molestía – sé que lo que te pasó fue horrible, pero todos hemos sufridos por esta maldita guerra. Ellos no lo hubiesen querido así.

– Puede que tengas razón, pero no conozco nada más he hecho esto desde que era un niño de 18 años… no me queda más que seguir hasta que ellos o yo muramos – dice Blade cargando su escopeta con una mezcla de munición ultravioleta con cartuchos de plata.

Ambos se quedaron en silencio, un silencio incomodo y triste, de seguro esta sería la última vez que se verían.

– Espero que algún día puedas encontrar la paz – dice Aramis secamente, el árabe sale del arsenal dejando al cazador solo.

– Yo también, yo también lo espero – dice Blade dejando a un lado sus armas por un instante de debilidad.

Octavio es un vampiro como todos los demás, disfruta de los placeres que le conceden la inmortalidad y de la sangre, su gran deleite y debilidad; pero hay algo en lo que se diferencia con los demás de su especie, él es el líder del clan vampiro de los Brunuir, el aquelarre de París.

Su casa, así es como llaman a sus puntos de reunión y convivencia durante el día es un viejo teatro abandonado… pero solo de fachada, pues en el interior ya no hay nada que recuerde su pasado. Tras las cuatro paredes del viejo teatro hay un elegante antro donde conviven más de cincuenta de estas criaturas de la noche.

– ¡Octavio, no atacan! – gritan, uno de sus guardias entra en su recamara con una gran herida que va desde el lado derecho de su rostro hasta su hombro y parte de su pecho, herida que extrañamente no ha sanado.

De inmediato el jefe vampiro comienza a escuchar detonaciones de un arma de fuego que se acerca con cada disparo, los gritos y las escaramuzas le siguieron. El jefe vampiro no tiene tiempo para reaccionar, su guardia se desploma y antes que su frente tocara el suelo su cuerpo en totalidad se transmuto a cenizas que de esparcieron donde debería haber un cuerpo.

Octavio sale de su cuarto, busca al insensato que intenta asaltar su hogar, la ira lo embarga y enceguece, sus colmillos se muestran y sus dedos ahora sirven como letales garras crispadas, listas para despedazar a sus enemigos. Más disparos lo llevan hacia el lugar donde la batalla se efectúa, por desgracia para el agresor hoy nadie fue de cacería, lo más probable es que dentro de poco una jauría de vampiros iracundos lo acaben antes que llegue su líder.

Octavio dobla a la izquierda en un pasillo pobremente iluminado, este camino lo llevara a la sala principal de su casa. Los disparos cesaron, por lo que el jefe vampiro se da el lujo de ir más despacio, pero luego de esta estupidez él quiere tener el placer de arrancarle la vida con una simple mordida.

Llega a la sal, los muebles están volteador y en genral el lugar esta despedazado, la sonrisa que se la había dibujado a la cara al escuchar el final de las detonaciones se le esfumo al ver como sus hermanos son liquidados un por uno por un “Paladín Nocturno”.

Una escopeta esta tirada en el suelo y un hombre con un abrigo de cuero y un sombrero atraviesa el cráneo de un vampiro con su cuchillo, sin perder tiempo otros dos vampiros más se abalanzan contra él; el cazador sube su mano tras su espalda y con su mano desocupada desenfunda un sable. En menos de lo que tarda un parpadeo él intruso corta por la mitad a sus dos nuevos enemigos.

– Menos mal que me lleve varias cosas extras de la tienda de Aramis – dice el cazador mirando con satisfacción como los demás vampiros piensan dos veces si atacar directamente o no.

Solo quedan cinco vampiros más, además de Octavio que observa con horror y furia, la extraña mezcla lo paraliza, sus manos tiemblan por la rabia pero su cerebro no deja que su cuerpo se lance contra el agresor, es como si supiera que si lo intenta morirá.

El paladín toma del suelo su escopeta y con velocidad apremiante la recarga, justo a tiempo para dispararle a un vampiro que se lanzó contra él, cuando el vampiro por fin cayó al suelo no era más que una pila de cenizas, los demás hicieron finta de atacarlo pero antes que decidieran hacer algo un ráfaga de precisos disparo los despacho a la muerte entre cuatro explosiones de polvo grisáceo.

– ¿Quién eres? – pregunta Octavio, el dolor y la rabia por la perdida de su clan lo han dejado petrificado como una estatua frente al cazador.

– Yo, yo soy Blade – dice el cazador, pausadamente saca su ballesta y dispara. Lo siguiente que supo el líder del extinto clan de los Brunuir fue que caía de espaldas, con una flecha en el pecho. Y de repente todo se vuelve oscuro.

– ¿Qué… qué pasó? – dice Octavio, se siente mortalmente débil y en una posición incomoda, esta atado en una de las sillas destruidas en la sala de lo que era su casa.

– Recapitulemos – dice la voz satisfecha del cazador mientras se remanga dándole la espalda al líder vampiro – acabo de tomar de asalto, yo solo, la casa del clan vampiro más grande y poderoso de Francia; destruí sistemáticamente a todos sus miembros y para terminar un muy buen día de trabajo tengo prisionero a su líder.

La voz del cazador suena casual pero siniestra y malvada. Blade saca una jeringa y la clava en el cuello del vampiro, saca una generosa cantidad de sangre del vampiro y guarda la jeringa con cuidado dándole de espalda otra vez al vampiro amordazado.

– ¿Qué fue eso? – dice Octavio con un hilo de voz.

– Eso es la razón por la que no te mate antes – dice el cazador, se da la vuelta, apunta su escopeta a la cabeza del vampiro y dispara. Octavio, uno de los líderes vampiros más respetados del mundo en lo que dura un suspiro se convirtió en un inerte montículo de cenizas.

El cazador se pone su abrigo y sombrero mirando los estragos que hizo en la casa de los Brunuir con una sonrisa de satisfacción. El cazador saca de su bolsillo un retazo de papel que deja tirado en el suelo, al lado de lo que antes solía ser Octavio.

– Esto es para ti Baphomet, ahora te toca jugar tus fichas – dice Blade en voz muy baja – mañana nos veremos William y esta vez no contaras con tanta suerte – agrega cerrando con increíble fuerza la mano alrededor de su ballesta.

Ir al Siguiente Capítulo

Anuncios