Espejo del Caballista

Posted on 19 enero, 2010

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Corro sin descanso entre llanuras y planicies, mi cuerpo reluce ante el sol de la mañana, El viento rosa mi piel aliviándome y refrescándome en mi viaje, no se a donde voy, ni lo que busco.

Corro entre montes y desiertos, mi cuerpo agotado me pide descanso, pero yo sigo. Mis pasos flaquean y poco a poco me siento desfallecer, mi velocidad va disminuyendo hasta que paro frente a la inmensidad del mar.

Me acerco a el hasta verme reflejada en el agua, veo una yegua joven de color azabache con una estrella blanca en su frente. Hay una luz en su mirada que escondía misterios entrañables a los hombres que la encontraban.

Sonriendo para mí, alegre de llegar a su destino, saltando y jugando en la arena hasta que el cielo se puso rojo y el sol se ocultaba en el mar, en un atardecer único que cierra el misterio que entrañaban sus ojos, se acuesta en la suave arena que la llamaba a descansar.

El tiempo pasa, hasta que las estrellas aparecieron y la luna nos baña con su brillo de plata. Despierto desnuda bajo las estrellas formando mil y una formas diferentes, y bajo el arrullo de las olas.

Miro su cuerpo cambiado, vuelvo a tener forma humana.

Sopla el viento a mí alrededor arropándola de la brisa del mar.

Me acerco a las aguas y tocándolas con sus manos se ve reflejada en ellas. Una joven de pelo negro, ojos caramelo y piel trigueña avanza hacia el mar y adentrándose en este hasta desaparecer.

Las estrellas fueron testigos. El viento no llora su perdida, pero la reclama solo el mar sabe lo que ocurrió con ella y el no habla.

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