Capítulo XIV: Dos Heridas

Posted on 18 enero, 2010

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Para Juan Fernández esta era como cualquier otra noche. A sus 45 años, aunque no había triunfado en la vida tanto como soñó hace tanto tiempo atrás el puede decir algo que la mayoría de las celebridades y millonarios no pueden sin caer en la hipocresía: “Soy feliz”.

Tenía una esposa y un hijo de 5 años. Si bien le tomo mas tiempo de lo normal crear una familia, pero desde el primer momento, desde que vio por primera vez a su hijo recién nacido ese fue el centro de su universo y por eso es qua aun a estas horas sigue en su trabajo, pero el puede irse a la cama cuando quiera siendo su propio jefe; Juan es el dueño de un pequeño hotel a las afueras de la ciudad.

Como todas las noches esta sentado en la estancia en la resección del hotel. En general es un bonito reducto de paz y naturaleza tan cerca del ajetreo de la gran ciudad, es un lugar mas que esplendido donde pasar un fin de semana… en especial para las parejas que buscan (siendo reales o simples aventuras) algo de privacidad que Juan les otorga por un módico precio, y en invierno; cuando el laguito dentro de los terrenos se congela el lugar se vuelve un paraíso para las familias que buscan de patinar, para cumplirle los caprichos a sus hijos.

Pero esta noche no es el caso, en un día hábil de finales de verano como este no suelen tener mucho movimiento. El lugar en efecto esta completamente vació, y Juan esta a punto de dormirse, son casi las once, ninguna de las habitaciones esta ocupada como el cafetín. Las únicas almas son aparte de él y su familia… y por supuesto las cucarachas, pero al menos estas tienen la decencia o el descaro de mantenerse ocultas al público.

No es por quejarse no nada pero a los 45 años no se le hace fácil ni gracioso tener que quedarse sentado como un idiota, esperando y viendo mientras que no viene nadie. Por suerte su mujer atendía el hotel por las mañanas por lo que podía quedarse dormido hasta tarde.

Con un largo y sonoro suspiro dio por terminada la jornada de hoy. Se levanto de su asiento tras el mostrador, apagó las luces de lobby y con un aletargado paso y sin pensar en nada en particular fue hacia la puerta con las llaves en la mano. Por modismo o costumbre primero giro el cartelito colgado en el vidrio de la puerta de “abierto” a “cerrado”, al acercar los dedos del anuncio una repentina y blanquecina luz lo encegueció pasando de lado a dado de su campo visual: las luces de un auto, una mera molestia al estar tan acostumbrados a ellas y al vivir a la orilla de una autopista principal.

Sin pensar en de quien es el carro o en nada mas Juan volvió a buscar de girar el cartel pero un ruido increíblemente cerca lo asusto, la sorpresa lo hizo retroceder unos cuantos pasos hacia atrás.

“No puede ser” pensó Juan que se paso las manos por los ojos sorprendido al ver la fuente del ruido.

De alguna manera que el hotelero no pudo entender un hombre, alto, de tez blanca y cabello negro peinado hacia atrás esta parado del otro lado de la puerta y el fue quien dándole golpecitos al vidrio, pero ¿Cómo?, si bien Juan esta cansado no es tanto como para no darse cuenta de cómo se acercaba el joven.

– Buenas noches mi buen señor – dijo el hombre con un sutil acento británico en su español. Cunado se detuvo a verle el rostro le extraño que con la oscuridad presente el usara lentes oscuros – ¿acaso será tarde para una cena y ara pedir una habitación?

El muchacho es educado y bien vestido, cosa rara en la gente que suele venir al hotel solo de paso, aunque Juan tiene sueño no puede dejar de atenderlo, como a cualquier persona en tiempos de crisis económica le hace falta el dinero.

– Claro que no joven, claro que no – le respondió Juan abriéndole la puerta al joven – venga pase.

– Me tendrá que esperar un segundo, tengo que ir por mi… acompañante – “en otras palabras la amante” pensó Juan escuchando al muchacho con detenimiento, a pesar de toda su educación y buena ropa seguía siendo hombre – esta en la autopista esperando en el carro.

– Muy bien caballero y ¿con quien tengo el gusto de hablar? – pregunta Juan. El muchacho se da media vuelta y corre lejos del la entrada a la autopista no sin antes decir su nombre que Juan escucho algo así como “William Knight” sin duda un anglosajón, o un payaso que no quería dar su verdadero nombre, bueno lo que importa es que le pague.

Juan se regresa a su lugar tras el mostrador a paso igual de lento del como cunado fue a la puerta, sin perder mas tiempo tomó el libro donde los huéspedes suelen registrarse, una blanca y brillante luz blanca le baño las espaldas y de pronto se apagaron. Cuando escucho abrirse la puerta se volteo y sin tratar en lo más mínimo de distorsionar la realidad a Juan se le quedo toda una oración atrapada en la garganta.

La mujer con la que entro el muchacho no tenía otra forma de calificarla que como hermosa. Su cabello rizado y castaño claro como sus enormes ojos que brillan con luz propia que realzan aun más la blancura y suavidad de porcelana de su rostro. Al estar vestida solo con unos jeans y una camiseta se puede ver a la perfección su cuerpo de mujer, de seguro que ella es una modelo.

Apenado de que a sus años tenga ese tipo de reacciones para con una niña que tiene edad como para ser su hija Juan extiende el cuaderno en el mostrador, lo señala y con el mayor desinterés que pudo mostrar dijo.

– Si es tan amable, señor, podría poner sus datos en la hoja de registro – el supuesto William tomo el lapicero que le ofreció Juan y mientras que llenaba el cuaderno el hotelero pregunta – ¿Cuánto tiempo se quedaran y en que le puedo servir?

– Bueno solo estaremos aquí solo esta noche – respondió William al terminar de firmar el cuaderno – y creo que una buena cena será todo lo que necesitaremos por ahora ¿no lo crees? – esa ultima pregunta se la lanzo a la mujer que sigue parada en la entrada.

– Si eso estará bien – dijo la joven con una voz a la vez dulce y segura – una hamburguesa estará bien… y con papas fritas.

– ¿Y usted, caballero? – pregunta Juan.

– Yo estoy bien – responde él – solo un vaso con agua.

– Bien – dice Juan – si van a la puerta de la derecho llegaran al cafetín, esperen a que cierre aquí para que les lleve su orden.

– Vamos quería – dice el joven a la muchacha que le hacia el cafetín tras una puerta en la esquina de la estancia. Al cruzar la puerta, tras dejar pasar a la muchacha como todo caballero agrega – ese tipo casi te desviste con los ojos, Isabel.

– Ah, ya lo sabia – responde la joven con cara de desinterés, como era de esperarse el lugar esta desierto – pero eso ya no me preocupa, es solo un reflejo inofensivo.

– Debo de decir que me sorprende como lo estas tomando – dice William apartando el asiento en una de las mesas para Isabel – pero es no importa, si tu te sientes cómoda mientras todos te miran como idiotas eso es lo único que importa – agrega mientras se sienta en la otra silla desocupada de la mesa.

– Cuando lo pones así – dice Isabel cabizbajo y con una pequeña sonrisa – solo me pregunta ¿para que pediste un vaso de agua?

– Para guardar las apariencias.

– Y que ¿no puedes o no quieres comer? – pregunta Isabel incomoda de hacer esa pregunta – ya sabes comida para humanos.

– No hay un campo de fuerza que evita que la comida llegue a boca si es lo que te preguntas – dice William con un toque de humor que hace que Isabel suelte un risita irremediablemente.

– En un segundito les llevo su orden – dice el hotelero desde una puerta que se abre de ambas direcciones que parece llevar a la cocina – la plancha ya se esta calentando. – y sin mas volvió a la cocina.

– ¿Sabes que es lo mejor de no comer nada? – pregunta William a Isabel que hace cara de no saber – que no puedo ser envenenado por comida mal hecha.

– Eso no me hizo gracia – dijo Isabel con la cara inexpresiva.

– Claro que si, pero ahora te preocupa mas que sea cierto lo que he dicho – dice William con media sonrisa estampada en el rostro.

A los cinco minutos Juan apareció con la hamburguesa de Isabel y el vaso de agua de William para luego desaparecer devuelta a la cocina.

– Aun no has respondido a mi pregunta – dice Isabel llevándose a la boca un para de papas fritas – ¿que pasaría si te comes un par de papas, te envenenas o que?

Sin decir nada pero con una cara de aceptar el desafío William tomo un puñado de papas y se las acerco a la boca. Hizo finta de tragársela de un solo golpe pero antes de que siquiera tocaran su boca hecho la mano para atrás y dijo en tono medio en broma y medio enserio.

– ¿El sujeto esta mirando? No me hago responsable por lo que pase a continuación, a todo el público presente se le recomienda discreción.

Y con semejante teatro se mete las papas a la boca, mastica un par de veces y enseguida comienza a hacer caras y muecas de que se ahoga, agita sin control la cabeza de lado a lado que asustaron de verdad a Isabel que solo se limito a poner las manos sobre su boca. Tan rápido como empezaron los temblores de William terminaron con tal violencia que se le volaron los lentes. Con los ojos abiertos como platos William soplo por la boca hacia arriba.

– Que cara….

En lugar del invisible y normal aire de la boca del vampiro sale un fino humo blanco grisáceo, cosa que Isabel le hizo reírse como una loca, el humo que no para de salir de la boca de William le recuerda a la joven a una locomotora. Cuando ya William dejo de expulsar humo toma el vaso de agua y se lo toma de un solo golpe, hace gárgaras y para horror de Isabel escupió devuelta al vaso, agua ahora contiene un repugnante color gris; como agua de las alcantarillas.

– ¿Cómo demonios paso eso? – pregunta anonadad Isabel.

– Parte de mi maldición de vampiro implica el hecho de no poder comer nunca jamás nada – explica William secándose la boca con una servilleta – ¿pero como evitarlo? En ese punto debo de quitarme el sombrero ante el señor del abismo: al entrar en mi sistema cualquier tipo de alimento solidó este al instante se hará cenizas ¿como? N tengo la más mínima idea pero seria no solo infructuoso si no estupido tratar de buscarle una respuesta lógica a un problema sobrenatural.

– Y… y por que no me lo contaste antes – dijo Isabel tratando de contener su impulso de seguir riendo – hubiera sido un toque de comedia en mi libro.

– No tienes que saber todo sobre mi sabes – responde el vampiro.

Ya los últimos y únicos clientes de la noche están en sus camas y Juan cree oportuno irse a dormir. Hace unos pocos minutos el joven y su novia modelo se fueron a su habitación. Ahora el hotelero se dispone a lavar el único plato sucio en la cocina. Sus pensamientos son tan vagos como siempre, ahora lo que mas anhela es irse a su cama junto a su esposa que la espera dormida.

Sale de la cocina mientras se seca las manos con un trapo que deja encima de una de las mesas. Pasa a la estancia a oscuras, dobla a la derecha y se topa con los pasillos que llevan a los cuartos del hotel y al fondo a la derecha se encontró con lo que estaba buscando, el baño de hombres. Sin prisa camina hacia el baño.

Luego de hacer sus… digamos necesidades fisiológicas fue hacia los lavabos, se enjabono y tallo con cuidado sin apremio.

En segundos el aire se enrareció y una fuerza invisible lo atrapa por el cuello y lo proyecta con violencia contra la pared, no pude respirar. Sus ojos buscan con desesperación a su atacante mientras intenta con desesperación de librase del agarre que le arranca la vida de a poco. Una densa bruma se agolpo alrededor de Juan que observo horrorizado como transforma en el muchacho que acaba de llegar, pero con una terrible diferencia ahora no lleva lentes, ahora se pueden ver sus monstruosos y malignos ojos escarlatas.

– ¡Suéltame imbecil, me estas ahogando! – protesto Juan con un hilo de voz, intenta con todas sus fuerzas liberarse pero todo es inútil ese sujeto lo tiene bajo su merced, de alguna forma ese tal William logra levantar todo el peso de Juan con una sola mano tan dura y fría como el acero.

– Ese es ahora el menor de tus problemas amiguito – dice el vampiro con una voz tosca y sedienta de sangre, muestra de manera intimidante sus largos y filosos colmillos.

– ¡NO, no por favor tengo esposa y un hijo no me mates por favor! – le grita Juan comenzando a perder el conocimiento, el miedo que lo embarga es tal que se vuelve mas blanco que un papel.

Antes de desmayarse mira a los ojos de su asesino y para su sorpresa vio duda en esos dos puntos rojos y radiantes como el fuego, y sintió como dos colmillos se clavan en sus hombros, luego sola y únicamente oscuridad.

– Juan, Juan, Juan por favor despierta – siente un leve caricia que sin exagerar en nada para él le devolvió la vida

El hotelero abre los ojos sintiendo como tiene un pie en la tumba. Esta tirado sobre el piso del baño de hombre y su lado esta su esposa con los ojos llorosos y al borde de la histeria, sus ojos parecen brillar al ver que su marido esta vivo.

De pronto los recuerdos de lo que le paso le atravesaron el cerebro como un intempestivo tsunami. Aunque se siente más débil de lo que jamás ha estado en su vida Juan logra levantarse. Las piernas le tiemblan como un par de alambres pero logra llegar a los lavabos donde se apoya y mira en el espejo.

Su rostro esta pálido y demacrado, su piel parecía haberse pegado a sus huesos, era la apariencia de un hombre agonizante. Busco por todo su cuerpo con las manos alguna herida, algún vestigio que le diera una pista de lo que le acaba de pasar cuando siente un dolor punzante en el hombro, se quita la camisa a pesar de sus torpes y temblorosos dedos. Lo que encontró hizo que volviera a caer al suelo.

En su hombro derecho hay dos pulcras y redondas heridas que se ven alrededor más pálidas y mortecinas que el resto de su cuerpo. Son la prueba de que Juan ha sido atacado por un vampiro, y no por cualquier vampiro si no por nadie mas ni nadie menos que William Knight.

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